dissabte, 29 de juny del 2019

Construir la Europa fortaleza: muros, aislamiento y narrativas de odio


La frontera continúa siendo un instrumento de los privilegiados, un síntoma de la cartografía de la desigualdad global que nos rodea. Nueve países de la Unión Europea han construido muros para impedir la entrada de personas migradas.

Este año se celebran 30 años de la caída del muro de Berlín, un muro que simbolizaba un mundo polarizado y dividido. Su derrocamiento parecía prometer la entrada en un mundo de apertura de fronteras y de plena libertad del movimiento de las personas. Sin embargo, la realidad que se ha impuesto es que la Unión Europea y sus Estados miembro se han convertido en una ‘Europa Fortaleza’.

Apenas unos años después de la caída del muro de Berlín se levantaron nuevos muros en terreno europeo. El Estado español, paradigma de la construcción de la fortaleza europea, levanta las vallas de Ceuta (1993) y Melilla (1996). Desde entonces la construcción de muros fronterizos por razones migratorias se convierte en una política en auge, fruto de considerar las migraciones y las personas desplazadas por la fuerza una amenaza.


Frontera de Benzú, en Ceuta

Los muros pueden ser elementos de protección y refugio, pero los Estados miembro los erigen acompañados de concertinas, de cuerpos de seguridad y de sistemas de control y vigilancia, de esta manera el muro es aquí una infraestructura de odio y violencia. La frontera se convierte en un espacio geográfico donde nos dicen que aparecen nuevas amenazas, convirtiéndolos en espacios en guerra. La movilidad en la frontera es entendida como una actividad sospechosa que hay que controlar y monitorizar, donde las personas migradas y en busca de refugio son tratadas con herramientas propias de la seguridad nacional, es decir, coerción y militarismo.



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