Ya no cuelan las Armas de Destrucción Masiva ni el envío de antrax a Estados Unidos en sobres, por lo que el gobierno de Trump se está centrando en mostrar al mundo que Irán -otra nación reserva mundial de Oro Negro, y de una ubicación estratégica-, es el país más terrorista del planeta al que para salvar a la especie humana debe aplastarlo.
El Secretario de Estado Mike Pompeo ha confesado ante el Senado que los abogados están buscando vínculos entre Teherán y Al Qaeda: su objetivo es desempolvar la Ley de Autorización para el Uso de la Fuerza Militar (AUMF) – aprobada después del 9/11, que permite al presidente atacar a las fuerzas terroristas sin el consentimiento del Congreso.
Paralelo a los extraños y repentinos sabotajes a los intereses de Estados Unidos y de sus aliados en Oriente Próximo, Pompeo acusa a Teherán y los socios de haberlos cometido: es consciente de que la verdad la posee el primero que la cuenta, y que los demás sólo podrán confirmarla o desmentirla. El ex jefe de la CIA dispara primero e interroga después al cadáver. Así, ha vinculado a Irán a un atentado reivindicado por los talibanes con coche bomba el 31 de mayo que hirió a cuatro soldados de EEUU y mató a varios civiles afganos; otro con misiles a la sede de unas empresas estadounidenses en Basora, Irak; y, la guinda, el sabotaje con minas y torpedos a cuatro barcos en el Golfo de Omán de propiedad saudí, emiratí, noruego y japonés.

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