“En India”, escribió Arundhati Roy en 2002, “si eres un carnicero o un genocida que se dedica a la política, tienes todos los motivos para ser optimista.” Roy se refería a Narendra Modi, el entonces primer ministro de Gujarat, quien se había visto implicado en los tumultos de 2002 contra los musulmanes en este Estado, en los que murieron asesinadas por lo menos mil personas. Modi siempre ha proclamado su inocencia –de forma poco plausible, según muchos–, pero la predicción de Roy sobre el futuro que le esperaba ha resultado certera. Tras las últimas elecciones en India, en las que su partido, el Bharatiya Janata Party (BJP), ha arrasado con un descarado mensaje de supremacía hindú, Modi se dispone a asumir su segundo mandato presidencial y reúne en sus manos más poder que nunca.
Narendra Modi, el entonces primer ministro de Gujarat, quien se había visto implicado en los tumultos de 2002 contra los musulmanes en este Estado, en los que murieron asesinadas por lo menos mil personas. Modi siempre ha proclamado su inocencia –de forma poco plausible, según muchos–, pero la predicción de Roy sobre el futuro que le esperaba ha resultado certera. Tras las últimas elecciones en India, en las que su partido, el Bharatiya Janata Party (BJP), ha arrasado con un descarado mensaje de supremacía hindú, Modi se dispone a asumir su segundo mandato presidencial y reúne en sus manos más poder que nunca.
Como dice Roy, la “democracia más grande del mundo” –un orgulloso epíteto nacional que ella prefiere entrecomillar– existe en distintos siglos al mismo tiempo, presa entre la tradición, el sistema de castas y el caos del turbocapitalismo. Modi encarna estas contradicciones más que la mayoría: un personaje auténtico y al mismo tiempo con aspiraciones, que promete tanto la gloriosa resurrección del Hindustán como reformas neoliberales; el mítico niño chaiwala que ahora viste trajes de 16.000 dólares.
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Como dice Roy, la “democracia más grande del mundo” –un orgulloso epíteto nacional que ella prefiere entrecomillar– existe en distintos siglos al mismo tiempo, presa entre la tradición, el sistema de castas y el caos del turbocapitalismo. Modi encarna estas contradicciones más que la mayoría: un personaje auténtico y al mismo tiempo con aspiraciones, que promete tanto la gloriosa resurrección del Hindustán como reformas neoliberales; el mítico niño chaiwala que ahora viste trajes de 16.000 dólares.
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