La profunda crisis económica, política y el retroceso del Estado en Argentina han generado una amalgama religiosa muy particular, conformando un frente conservador antiderechos que encontró en el macrismo una expresión favorable para su desarrollo.
En plena ofensiva neoliberal, Latinoamérica observó un fenómeno disruptivo: las iglesias neopentecostales[1] -mejor conocidas como evangélicas- se destacaron en las contiendas electorales, ganando más escaños en los parlamentos y jugando roles fundamentales para la elección presidencial de ofertas ultraconservadoras en países como Brasil, Colombia, Honduras o Guatemala[2].
En Argentina, ese fenómeno no fue relevante en las elecciones de 2015 y resultó tardío en cuanto a su visibilidad, aunque no en lo concerniente a su configuración organizativa, pues según reportes periodísticos dichas iglesias congregan alrededor del 13% de la población (6,5 millones de fieles)[3]. Poco a poco, las iglesias neopentecostales se han hecho un lugar en las ciudades y en municipios periféricos, llegando a tener, cuatro años después de iniciado el mandato macrista, una mejor performance electoral con candidaturas “outsider” de relativo éxito como lo demuestra la elección de Amalia Granata o del pastor ‘evangelista’ Walter Ghione -quien se declaró a favor de construir en Argentina un movimiento similar al que llevó a Jair Bolsonaro a la Presidencia en Brasil- como diputados provinciales de Santa Fe[4].

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