Oswaldo Guayasamín cumple cien años y lo celebramos en presente. Desde que se despidiera con un ‘siempre voy a volver’, no ha dejado de acompañar ni un solo día las causas y las luchas que definen su vida y su obra. Al amalgamar la transformación estética y la transformación del mundo en una obra imperecedera, él se proyectó en la historia como un verdadero fenómeno cultural y un hecho cultural en sí mismo.
Desde su singular sentido de la estética, el Maestro se comprometió con la ética y los sentidos de humanidad, por eso creó una línea artística propia para exhibir las “monstruosidades que se cometen contra los seres humanos” y convocar a la acción y a la ternura.
Con el postulado de que el creador no es un simple espectador sino parte del contenido y del contexto, Guayasamín convirtió su paleta en un instrumento para dar testimonio vivo de las causas sociales, para evidenciar las realidades de los pueblos, de sus luchas y sus gentes. Esto es ostensible en los cientos de óleos impregnados de Latinoamérica, en sus retratos de gente comprometida, en su ofrenda a la ternura, en sus grabados, en sus murales históricos y de profundos contenidos.
Con el postulado de que el creador no es un simple espectador sino parte del contenido y del contexto, Guayasamín convirtió su paleta en un instrumento para dar testimonio vivo de las causas sociales, para evidenciar las realidades de los pueblos, de sus luchas y sus gentes


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