Diez años en resistencia en Honduras deben ser el espejo de lo que los pueblos pueden sobrevivir volviéndose a pensar. Acá todavía bailamos el fin de semana, comemos frijoles, sembramos maíz y verduras, hacemos foros, hacemos el amor, sembramos los muertos, gritamos asesinos en el entierro de quienes nos han matado.
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Represión en la Universidad Nacional Autónoma de Honduras el pasado 24 de junio
Hoy 28 de junio, cuando se cumplen diez años de estar en resistencia contra el golpe de Estado en Honduras, agradecemos que haya gente en el mundo apoyándonos. Muchas y muchos de ellos, hondureñas también, expulsadas precisamente por este régimen que instaló —bajo el poder de las armas— un modelo que se traduce en hambre, en desasosiego, en desempleo, en muerte, en presos políticos, en despojo, en proyectos extractivistas, en dolor, en circos electorales, en fraudes anunciados, en corrupción y la impunidad como norma.
Que a pesar de que haya una enorme maquinaria mediática que repite que todo acá está bien, existan ustedes, pueblos hermanados en solidaridad con nuestras resistencias, que buscan entender, colaborar, explicarse, replicar, involucrarse a través de visitas o de nuestros relatos, para compartir un tiempo de nuestra historia, a pesar de sus propios problemas e imposiciones gubernamentales. Es algo que apreciamos mucho, es parte de todo lo que al final, ahora a diez años, celebramos junto a ustedes, nuestras resistencias populares frente al modelo neoliberal que perpetúan patriarcado, clasismo y racismo.
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