Asistimos a una legitimación de los campos de concentración que no pensamos que fuera a ocurrir. Los campos mismos no parecían tener remedio, se seguirán repitiendo como en Siberia, Camboya, los Balcanes. Lo sorprendente es su normalización creciente. Y aunque estos días se lleven todo el crédito la tozudez de Donald Trump y sus bonos electorales, sería injusto ignorar las aportaciones ensayadas en la Europa meridional para modernizar y hacer funcionales, dentro de sus fronteras, campos de concentración que por supuesto reciben otros nombres y son apoyados por el electorado blanco. Las guerras en Asia y África no dejan de recordarnos la vigencia y la utilidad de los campos de concentración o “de refugiados”. Los conflictos sin fin en Irak, Siria, Yemen, Sudán, Congo y Camerún han borrado las barreras entre campos de refugio y de encierro.
Hay extremos que desafían las leyes y los derechos más elementales. Los radicales islámicos tipo Boko Haram practican diversas formas de campos de encierro, esclavitud y exterminio en el centro de África. ¿Pero qué otra cosa hace Israel de Gaza y Cisjordania sino dos grandes campos de confinamiento in situ? ¿O Marruecos con la nación Saharaui? ¿Turquía con los kurdos? Ahora bien, con o sin guerra, en casos como Israel y Marruecos, la intención fundamental radica en un despojo territorial, siguiendo la peor tradición colonialista. En cambio, los campos para migrantes indeseados en el sur de Estados Unidos, y de Melilla a Turquía, son para contener y expulsar; en el mejor de los casos, “filtrar” selectivamente.

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