dijous, 2 de juliol del 2020

Derribar estatuas no borra la historia, nos hace verla con más claridad


Los manifestantes que derriban monumentos dedicados a esclavistas y genocidas son a menudo acusados de «borrar el pasado». Sin embargo, sus acciones están obligando a analizar con más detalle a las personas que honran estos monumentos, permitiendo así que la historia se vuelva a contar desde el punto de vista de sus víctimas.

El antirracismo es una batalla por la memoria. Esa es una de las características más notables de la oleada de protestas que ha surgido en todo el mundo tras el asesinato de George Floyd en Minneapolis. En todas partes los movimientos antirracistas han cuestionado el pasado al atacar monumentos que simbolizaban el legado de la esclavitud y el colonialismo


- Estatua de Colón decapitada, Waterfront Park ,


Ya sean derribadas, destruidas, pintadas o grafiteadas, estas estatuas personifican una nueva dimensión de lucha: la conexión entre los derechos y la memoria. Ponen de relieve el contraste entre el estatus de los negros y los sujetos poscoloniales como minorías estigmatizadas y embrutecidas, y el lugar simbólico dado en el espacio público a sus opresores, un espacio que también conforma el entorno urbano de nuestra vida cotidiana.

Trabajar con el pasado no es una tarea abstracta o un ejercicio puramente intelectual. Requiere más bien un esfuerzo colectivo que no puede disociarse de la acción política. Este es el significado de la iconoclastia de estos últimos días. De hecho, si bien ha estallado en el seno de una movilización antirracista global, el terreno ya había sido labrado por años de compromiso contra-memorial y una investigación histórica desarrollada por multitud de asociaciones y activistas.

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