No ha habido ruptura democrática. Pero las elecciones municipales del pasado domingo han producido una importante grieta en el sistema de partidos establecido desde la Transición. Madrid y Barcelona son la punta de este cambio, pero no están solas. Valencia, Zaragoza, a Coruña, Santiago de Compostela, Cádiz apuntan en la misma dirección. No deja de ser divertido que Barcelona y Madrid, muchas veces enfrentadas entre sí por sus élites dominantes, vuelvan a aparecer juntas cuando hay un giro progresista en el país. Al final al PP no le ha servido el leve repunte económico para volver a engatusar a mucha gente (aunque mantiene importantes resortes de poder y hegemonía cultural en sectores importantes de la sociedad) y la corrupción, los recortes, la prepotencia, el desprecio democrático, el clasismo, las ideas retrógradas y la impudicia de sus líderes le han acabado pasando factura.

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