dijous, 10 de març del 2016

Europa era una fiesta



En los últimos días se han aprobado dos pactos vergonzosos en el Consejo Europeo. Por un lado, el pacto con Reino Unido por el cual podrá discriminar a los trabajadores en función de su pasaporte para controlar la inmigración –fantasma del Brexit mediante–, y en el otro flanco, el histórico y siniestro pacto con Turquía, la capitulación del sueño de una Europa justa y solidaria: les pagaremos 6.000 millones de euros para que laven nuestras manos manchadas, facilitaremos al Gobierno autoritario de Erdogan acceso a la Unión Europea y visados, a cambio de que ejerza de barrera/portero ante unos refugiados a los que hemos dejado apátridos con nuestra política exterior reciente, en busca de los recursos que devoramos en el aquelarre consumista mal llamado “primer mundo”. Que más bien parece la antesala del último. El Muro de la Vergüenza en mayúsculas renace en Turquía.

Europa vive inmersa en una gran fiesta en la que casi nadie quiere que la música se detenga, una música un tanto sórdida, de esas que hacen prever que ya queda poco para que enciendan las luces del tugurio. Aparte del flamante portero turco también hay reservados para VIP como Reino Unido o Alemania. Europa es como una discoteca en la que a uno le dan ganas de todo menos de permanecer, salvo a las élites, ellas están más cómodas que nunca. Pues jamás fue la UE un intento de equiparar derechos y deberes, ni de ayudar a los más desfavorecidos siquiera dentro de sus propias fronteras. Valga lo ocurrido en Grecia como ejemplo. Siempre fue un proyecto de las oligarquías –en principio del carbón y del acero, luego de las financieras, si es que no son las mismas– para buscar mercados más homogéneos y, por tanto, controlables. Por eso la desigualdad ha conocido su mejor época desde que Europa es una fiesta. La fiesta de la plutocracia y la hipocresía. Nobel de la Paz incluido.

Cap comentari:

Publica un comentari a l'entrada