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jueves, 11 de agosto de 2016

PAN, ROSAS Y DVDS


Los procesos progresistas latinoamericanos basaron buena parte de su éxito en satisfacer las demandas de consumo de las mayorías populares. La primera década de este siglo supuso un ensanchamiento constante del acceso a bienes y servicios por parte de millones de personas que siempre habían estado ajenas a la lógica del consumo. Una vez solventada la emergencia social de sacar a millones de hombres y mujeres de la pobreza, el siguiente estadio consistió en proveerles de toda suerte de productos. Se hacía realidad el grito con el que las obreras del textil de Massachusetts, en 1912, exigían mejores condiciones de vida: “Queremos pan, pero también rosas”. En estos años ha habido pan, ha habido rosas y también ha habido ropa y calzado, electrodomésticos, tecnología, computadoras y teléfonos celulares, Internet, vacaciones, ocio, cultura, cosmética, automóviles y motocicletas…




En los últimos tiempos, se extiende la explicación de que las derrotas electorales de los gobiernos progresistas se deben a su incapacidad para satisfacer estos niveles de consumo jamás alcanzados en la historia del subcontinente. La desaceleración de la economía mundial a partir de la crisis de 2008 provocó una reducción de la necesidad de materias primas y, consecuentemente, una drástica merma de los ingresos de unas economías fundamentadas todavía en un extractivismo primario. Ya no había dinero para sostener la insaciable demanda interna.

Para apuntalar este argumento hay que reducir a la persona a la condición de consumidor-elector


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