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miércoles, 14 de junio de 2017

BOLIVIA: EL ODIO, UNA RECETA AL ESTILO COLONIAL



El caso de Bolivia es uno de los más emblemáticos en cuanto a la racialización de las relaciones sociales. El actual presidente, Evo Morales, ha padecido en carne propia los desaires tanto locales como internacionales por su origen étnico. A pesar de erigirse como un Estado Plurinacional, la élite tradicional boliviana alardea una credencial fenotípica: la blanquitud. Poco importan los avances en materia social o económica, Evo es aimara y eso sí que no tiene perdón.




La lucha contra el racismo se hace presente una y otra vez. Sin ir más lejos, en la V Sesión de la Red Iberoamericana Contra la Discriminación -integrada por 18 países y más de 40 organizaciones estatales y de la sociedad civil-, realizada en Santa Cruz de la Sierra en mayo, Evo calificó al racismo como uno de los instrumentos de dominación, sometimiento y humillación, frente al cual se debe dar respuesta en pos de la consolidación de un planeta plurinacional[1].

Colonialidad y racismo, la génesis.

Desde la perspectiva de Aníbal Quijano, la globalización actual es ante todo el punto más álgido de un proceso de larga data que inaugura un nuevo patrón de poder mundial por medio de la conquista de América y el establecimiento del sistema capitalista colonial/moderno.  La lógica eurocéntrica se erigió bajo un eje principal: la inferioridad social del otro –el resto de la población mundial – sobre la idea de raza.  Esta construcción mental y discursiva  expresa la experiencia básica de la dominación colonial, permeando desde entonces las dimensiones más importantes del poder mundial.

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