Las pasadas elecciones generales en Paraguay pusieron de manifiesto una realidad que la derecha paraguaya se negaba a ver. La ceguera le permitió jugar con cierto desahogo en lo que creyó era un partido de sobra ganado, pero, a día de hoy, la cruda realidad vuelve sobre el oficialismo y recuerda la existencia de una herida abierta y profunda que todavía no termina de cicatrizar.
Las tensiones políticas y las discusiones sobre la gobernabilidad copan la agenda del Paraguay, un país que parece seguir condenando a sus ciudadanos a una situación de pobreza y exclusión sin parangón con otros países de Latinoamérica, por medio del injusto accionar histórico de una derecha política enquistada en el poder para mantener intactas sus prebendas. La sobredimensionada discusión de la permanencia de las élites políticas en el poder es visible en la aprobación de la criticada Ley de ‘autoblindaje’, que dificulta la pérdida de investidura de los integrantes del Legislativo (establece que los senadores y diputados pueden perder la investidura por la mayoría absoluta de votos de sus colegas, siempre que los cargos estén debidamente demostrados, sin necesidad de condena judicial).

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