dissabte, 8 de juny del 2019

El calvario de Julian Assange es el nuestro


Está claro que no tiene la menor relevancia que sea o no periodista; sí lo tiene criminalizar la búsqueda de la verdad, tanto como negarnos el derecho a ella y la intención de condenarnos a una democracia oscura y formal de ciudadanía desinformada.

Hace diez años el ciudadano australiano Julian Assange se puso al frente del proyecto Wikileaks, la idea de los asociados a él era aprovechar la creciente consolidación de las redes sociales para romper con el control centralizado de la información en manos de los cárteles de comunicación de los grandes Estados y de las poderosas corporaciones periodísticas internacionales.

La idea era muy loable, hacer verdad el tan cacareado derecho a la información de la ciudadanía haciendo que los hechos llegaran a ella sin elaboración mediática y los contrastaran por sí mismos.



Hay que decir que no muchos confiaban en que estos “iluminados” alcanzaran sus propósitos; sin embargo, en abril de 2010 estalló una bomba informativa en formato vídeo: Asesinato colateral. Una grabación realizada desde un helicóptero de combate de EE.UU en 2007 durante la guerra de Irak. Las imágenes muestran cómo desde la aeronave se abre fuego sobre un grupo de civiles desarmados y que no muestran actitud hostil alguna. Entre los muertos por esa acción se hallaban el periodista de la agencia Reuters Namir Noor-Eldeen y su conductor, Saeed Chmagh que, simplemente, estaban arriesgando sus vidas para informar sobre la guerra.

Tres meses después, con lo anterior aún resonando, la gente de Assange hizo llegar a medios como The New York Times, The Guardian y Der Spiegel una documentación excepcional: los diarios de la Guerra de Afganistán, los Registros de la Guerra de Irak y filtraciones sobre distintos crímenes de guerra de los servicios de inteligencia en esos conflictos bélicos.

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