divendres, 25 d’octubre del 2019

Sobre esa otra forma de violencia


La mayoría de los pensantes se quedan con la idea de que la violencia se reconduce, en su plano espectacular, al irracional comportamiento de ciertas personas o grupos que tratan de imponer sus ideas —si es que las tienen— o sus intereses, haciendo ostentación de la fuerza bruta para intimidar a sus víctimas. Sin embargo el asunto de la violencia no solo se manifiesta dando muestras de salvajismo porque, aunque continúa latente y sale a la superficie aprovechando cualquier ocasión que lo propicie, al compás del avance de la civilización la fuerza ha tomado otros caminos no tan espectaculares, pero no menos efectivos. Sus resultados, dirigidos a intimidar también, prescinden en gran medida del aspecto físico e inciden en el psicológico y, aunque no llamativo, acaba por surtir los mismos efectos en quienes la sufren. Este es el caso de la violencia económica que al más alto nivel se ejerce sobre las personas de forma discreta y con características de racionalidad, pero sus efectos negativos se aprecian en el plano de la existencia, condicionando la manera de vivir de las masas. Tal vez, no se repara demasiado en ella porque su envoltorio no se ajusta a lo convencional, ya que se despliega suavemente, casi pasa desapercibida, no da muestras de fuerza explícita e invoca cierto sentido lógico en su aplicación.




Desde que la sociedad de consumo hizo depender las economías estatales de la actitud desprendida de las masas, en cuanto estas recuperan la razón y en términos generales aflojan el consumo se dice que ronda la crisis. Se trata de una estrategia de los dirigentes del sistema dirigida a alentar comportamientos anímicos para crear conciencia de culpa entre los consumidores, obligando a concienciarse de que es malo bajar el ritmo de gasto, ya que se pone en riesgo al mercado. En realidad la crisis no es algo puntual, tiene sus altibajos, pero siempre está latente como fenómeno endémico asociado a la propia economía, solamente llama la atención si el mercado se enfría más de lo debido y saltan las alarmas. Por eso, cuando se habla de bonanza en los titulares de la comunicación debiera entenderse como una estrategia dirigida a animar a las masas para que continúen con el consumismo desenfrenado y las empresas puedan cumplir con su función de crear capital a cuenta de su irresponsabilidad.

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