Abdoulaye Maïga enseña orgulloso fotos de él y su familia en una época más feliz, cuando vivían juntos en su casa, en el norte de Mali. Ahora parece que fue hace mucho tiempo y le resulta doloroso recordarlo.
“Vivíamos felices, como una gran familia, antes de la guerra y comíamos y bebíamos tanto como queríamos gracias a nuestros cultivos y ganado”, dice. “Entonces estalló la guerra y nuestras vidas cambiaron para siempre. Nos vimos obligados a desplazarnos hacia el sur y finalmente nos instalamos en la región de Mopti. En 2013 volvimos a casa cuando la situación se estabilizó”, relata Abdoulaye.
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Niñas malienses permanecen a la sombra en Kidal, en un poblado al norte de Mali
En 2012, diferentes grupos de rebeldes tuaregs se unieron para formar y administrar un nuevo Estado en el norte del país llamado Azawad. Según las Naciones Unidas, las contiendas civiles resultantes desplazaron a muchas personas de sus hogares y las comunidades huyeron con su ganado, con lo que terminaron compitiendo entre sí por los escasos recursos naturales en comunidades de acogida hostiles.
Cuando la situación de seguridad empezó a mejorar en 2013, muchos volvieron a sus hogares para reconstruir sus vidas y medios de subsistencia. Sin embargo, pronto fue la expansión del desierto del Sahara, la sequía y la degradación del suelo lo que les llevara de nuevo a desplazarse.
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