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dimarts, 24 de març de 2020

A mis maestros: la lengua de las mariposas


La señorita Maricarmen, don Ángel y don Francisco, la señorita María Teresa: maestros con nombres de maestros, maestros que lo fueron en la agonía del Dragón, cuando los días de escuela, cuando mi clase era una pared con dos muertos y un vivo, antes de ser una pared con tres muertos.




Aquellos tiempos del atado y bien atado, los de los aviones que pintaban Viva Franco, años del final de la paz de los cementerios, los tiempos de mis maestros, de mis maestras, de la señorita Sabina y la señorita Cecilia, nobles en su oficio de profesor, oficio que si es un arte les cambia el nombre y les llama maestros.

Maestros de mis ocho años, de mis trece años, de mi feliz niñez madrileña: porque quiero recordar que fui un niño feliz, un niño feliz que no sabía que no podía serlo, un niño feliz que sabe que no era fácil serlo, un niño feliz que ahora sabe muchas cosas, por ejemplo, quiénes eran aquellos tres muertos, José Antonio, Jesucristo y Franco, siempre en la pared, detrás de los maestros.



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