Entre amigas y conocidos, en las redes sociales y las redes afectivas virtuales que estos días están en efervescencia, empiezo a diferenciar dos ámbitos de discurso. El primero tiene que ver con aprovechar el tiempo de pronto liberado para hablar con nuestra gente, para ver películas sin fin, hacer limpiezas generales, reflexionar sobre la aceleración vacua en la que se desarrollan nuestras existencias, apostarle al decrecimiento, conversar sobre utopías mientras te tomas un vino ante la pantalla con alguien a quien te gustaría abrazar.
El otro ámbito de discurso ahonda en el miedo a la intemperie, la certeza de no poder permitirse meses sin trabajo para quien aún lo tenga, un horizonte de crisis para quien lo estuviera buscando. Logística familiares frágiles que zozobran ante un huracán incierto. Autónomos haciendo números, partes de guerra económicos que me llegan en angustiadas conversaciones de teléfono o irónicos whatsapp.
Quienes llevamos tiempo reclamando una renta básica universal e incondicional estamos hoy volteando la mirada al cielo, no puede ser que en una sociedad como la nuestra el derecho a una seguridad económica sea siempre objeto de regateo. Podemos lo supo también, como lo sabe gran parte de su militancia, y aunque agradecemos el pulso que están dando en el gobierno, no podemos dejar de lamentar sus renuncias pasadas.
Renunciar a defender la renta básica universal como un derecho innegociable nos ha dejado una vez más negociando burbujitas de aire, mientras otros acapararán para sí todo el oxígeno.

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