La reflexión sobre cuál es el mejor modelo de sociedad, en tanto que éste resulte justo para la mayor cantidad posible de las personas que la conforman, parece llevar demasiado a menudo a un callejón sin salida. Esto es así, entre otras cosas, porque sería difícil nombrar siquiera un solo caso en que tal justicia social se haya logrado garantizar de forma universal. Y ello a pesar de los muchos intentos que ha habido por conseguirlo, y de sustanciales avances difícilmente cuestionables, como la Declaración de los Derechos Humanos de 1948. La conocida afirmación de Winston Churchill sobre la democracia (según la cual ésta es “el peor de los sistemas políticos, con excepción de todos los demás”) podría tomarse como una constatación, un tanto irónica, de que en el fondo es imposible ir más allá de un modelo mediocre. Por no expresarlo en términos más pesimistas.
Los firmantes del presente Manifiesto pretendemos, sin embargo, desentrañar la clave que permita romper tal barrera y avanzar más allá de ese pesimismo. Para ello, sin renunciar a nuestras diversas convicciones previas respecto al interrogante social, nos vamos a esforzar no tanto en hallar la respuesta perfecta a ese interrogante, sino en crear las condiciones suficientes para que la sociedad construya por sí sola la respuesta. Es decir: buscaremos el modo de establecer un sistema social que, aunque no contenga todavía las cotas óptimas de justicia universal –lo cual, no lo olvidemos, será siempre nuestro objetivo final, legítimo e irrenunciable–, conduzca a que en la sociedad germinen de forma casi espontánea los cambios y mejoras necesarios para alcanzar, finalmente, ese objetivo (sea cual sea su forma concreta).

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