divendres, 10 d’abril del 2020

No le echemos la culpa a China


A fines de noviembre del 2019, en mi último viaje oficial al interior de China como embajador ante ese país, visité el mercado de Huanan en la ciudad de Wuhan, la capital de la provincia de Hubei. Fue para ese entonces que allí se produjo esa misteriosa mutación virósica que dio origen a covid-19.

Se vendían en ese lugar desde pescados hasta pangolines, pasando por murciélagos, serpientes, alacranes, grillos, ratas, erizos de mar, gusanos y más de 100 animales de diferentes especies.

Wuhan es una ciudad hípermoderna de 11 millones de habitantes, con supermercados muy bien provistos de todo tipo de productos chinos y extranjeros que cuentan con los estándares  más altos de calidad y sanidad. Esta “ciudad del futuro” convive con resabios de la milenaria historia china que incluye la memoria de las peores hambrunas del planeta.




En el periodo 1850-1950 -el “siglo de las humillaciones”, para los chinos- las guerras internas y las ocupaciones extranjeras -desde ingleses  y franceses hasta rusos y japoneses, pasando por estadounidenses y holandeses- produjeron la necesidad de incorporar proteínas “allá donde las encontraran”.

“Todo bicho que camina, va a parar al asador”, dicho que los argentinos conocemos bien y asociamos con vacas, ovejas  o chanchos, pero a los cuales la mayoría de los  chinos no tenían forma de acceder.

Esos mercados, como el de Wuhan, son el vestigio de esos tiempos de carencias absolutas y, esas especies salvajes, eran la única opción posible para complementar una miserable porción de arroz.

Hasta enero del 2020, que se prohibieron, estos mercados eran el testigo folklórico de ese pasado, transformado en una gastronomía “exótica” y muy cara.

Los virus aparecen en forma mágica en los lugares más disimiles: la llamada gripe española, se originó en la base militar de Fort Riley, en Estados Unidos, en marzo de 1918 y causó 50 millones de muertos en todo el mundo.

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