diumenge, 19 d’abril del 2020

¿Por qué combatir el virus implica ponerse del lado de los más pobres?


Lo que hemos visto en los últimos días en los países de la región latinoamericana ha sido el principio de algo nuevo que no sabemos qué es. Nos acercamos hacia algo que debemos construir entre todas y todos: este momento histórico quedará como un hecho anecdótico si dejamos que el capital decida sobre nuestro futuro.



El virus al que nos enfrentamos tiene su fuerza y su poder no solamente por la capacidad de contagio entre personas de diferentes edades y de diversas latitudes, o porque manda a dormir a cientos y miles de personas, sino porque tiene su caldo de cultivo en sociedades marcadas por el “desarrollo desigual”. Si las cifras de los países desarrollados nos escandalizan, pensar en lo que podría hacer el virus en otros lugares nos pone los pelos de punta.


Un viandante le dá un tupper con comida a una persona sin hogar

Las mejores medidas tomadas por los gobiernos de la región lationamericana consisten en que la ciudadanía se quede en casa, ya que los focos de contagio del virus son los espacios públicos en esencia. En efecto, cierto sector de la población no se opone, ya que saben de antemano que tienen los ahorros y condiciones materiales para financiar su aislamiento. De hecho, siempre han estado aislados del pueblo, porque de eso depende sus privilegios, sus distinciones sociales y capitales simbólicos, o como dice Santiago Castro-Gómez, sus insignias. No les supone mayor problema decirles al pueblo “váyanse y quédense en la casa, porque ustedes son la amenaza”.

Ahora bien, el grueso de la población realmente existente obtiene su sobrevivencia del espacio público, porque de éste salen las mínimas rentas para poder alimentarse. Es decir, la fuerza de trabajo que serían sus manos y sus cuerpos resultan inútiles en condiciones de aislamiento. A esto le llamamos humanos expropiados de su dignidad. En ese sentido, el escenario de reproducción del virus está en este grueso de la población que sobrevive del contacto día a día y por donde circula el virus. Contacto y contagio tiene clase social.

El aislamiento del privilegiado es el reflejo del contagio desigual. Es desigual porque para la minoría le resulta fácil, es irrisorio y ha estado acostumbrada. Tienen los alimentos, continúan percibiendo las rentas financieras o bancarias, logísticas, industriales y manufactureras, además del acceso ilimitado a los medios digitales de entretenimiento y plataformas. Es decir, distantes del pobre arruinado, humillado, despreciado y acabado que tiene que sortear entre quedarse en la casa, obedecer y no comer, o salir, establecer contacto y morir por un patógeno traído por aquellos que históricamente han transferido miseria y pobreza.

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