En el mundo no faltan los recursos, lo que falta es justicia y, sobre todo, compartir. El Producto Interno Bruto (PIB) mundial –la suma de los bienes y servicios producidos en un año– es de 85 billones de reales. Si se dividiera ese valor entre la población mundial, daría para asegurarle a cada familia de cuatro personas ingresos mensuales de dos mil 700 dólares aproximadamente. Por tanto, surge la pregunta: ¿con qué objetivo se produce? ¿Atender a las necesidades de la población u obtener ganancias?
La desigualdad mundial es escandalosa. El 1% de la población mundial detenta más riquezas que el 99% restante. Y 26 familias acumulan una fortuna igual a la suma de las riquezas de la mitad de la población mundial, o sea, tres mil 800 millones de personas. En Brasil, según el economista Ladislau Dowbor, seis familias acumulan más riquezas que los 105 millones de brasileños que se encuentran en la base de la pirámide social.
Por tanto, es necesario avanzar hacia la democracia económica. No basta la democracia política en la que, teóricamente, todos participan en la elección de sus gobernantes. Todos deberíamos disfrutar de los bienes de la Tierra y los frutos del trabajo humano. Y habría que garantizarle una renta básica universal a cada familia. Todas ellas merecen tener acceso gratuito a los Derechos Humanos básicos, como la alimentación, la salud y la educación. Se engaña quien piensa que eso representa costos. Se trata de inversiones que mejoran significativamente el nivel de desarrollo de la sociedad y la calidad de vida de la población.
“En el mundo no faltan los recursos, lo que falta es justicia y, sobre todo, compartir”
Hoy el desafío consiste en perfeccionar la democracia. Hacerla avanzar de mera delegación a una democracia de participación en la que los ciudadanos decidan el destino de los recursos del Estado mediante sistemas de transparencia de la gestión de dichos recursos, lo que se ve posibilitado por las nuevas tecnologías.

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