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martes, 23 de agosto de 2016

Carta de una voluntaria en Ritsona: La esclavitud invisible de ser refugiado




Me siento desolada. Hace unos días recibí una llamada de Haron Alsaed, un chico sirio que conocí en un campo de refugiados en Grecia. Me dijo que después de cinco meses en el campo ha perdido la esperanza. Su deseo ahora mismo es volver a Siria, donde acabaron con la vida de sus amigos y familiares, y donde probablemente acaben con la suya.

Haron ya no tiene futuro ni esperanza en Siria. Su restaurante fue bombardeado. Un día, mientras iba al trabajo con sus amigos, alguien comenzó a dispararles con un kalashnikov. Sus amigos murieron, pero él sobrevivió. Su madre, consciente del peligro que corría su hijo, le pidió que se fuese a Europa con su hermano pequeño. Y así lo hizo: Haron emprendió su viaje con Ali hará unos 5 meses. Una vez en Grecia fueron trasladados a Ritsona, un campo de refugiados al norte de Atenas. Viven en el bosque, en una tienda sin colchones. Se clavan las piedras del suelo cuando duermen. Muchos días no hay agua para ducharse y la comida que reciben es a duras penas comestible.

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