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jueves, 9 de marzo de 2017

¿A la mierda el trabajo?, perdón, ¿de qué trabajo hablamos?



El término trabajo se puede entender como la actividad realizada por la especie humana destinada a satisfacer sus necesidades y, por tanto, directamente relacionada con su supervivencia y reproducción. Sin embargo, desde los procesos de industrialización, el concepto de trabajo fue secuestrado por la ideología productivista de las sociedades industriales, estableciéndose una identificación entre trabajo (una actividad) y empleo (una relación social). De esta manera, tradicionalmente, los estudios sobre el trabajo han considerado solo la parte mercantil de la actividad económica y, por tanto, un tipo de trabajo –el empleo– que ha estado socialmente asignado a la población masculina.




Pero una rápida mirada hacia el pasado nos permite observar que a lo largo de la historia de la humanidad se han desarrollado formas de trabajo absolutamente diversas, bajo distintos marcos sociales, con distintos niveles tecnológicos, realizadas por distintos miembros del hogar, dentro o fuera del ámbito doméstico y con o sin remuneración. De estos distintos tipos de trabajo el que históricamente ha ocupado más tiempo y el que siempre ha acompañado al resto de los trabajos es el que podríamos denominar en términos genéricos “de subsistencia directa” y que hoy llamaríamos “doméstico y de cuidados”.

Con la implantación del sistema capitalista (patriarcal), todos los trabajos que se realizan en contextos no mercantiles quedaron devaluados y no reconocidos como trabajo, fundamentalmente, el trabajo doméstico y de cuidados –realizado básicamente por mujeres e implicado directamente en el cuidado de la vida y de los cuerpos-- se hizo invisible, a pesar de ser el eje central de la existencia humana. Este “olvido” teórico y político –que ha ayudado a determinar diferencias profundas en los trabajos y en las vidas de mujeres y hombres-- no es sorprendente, ya que responde a una ideología patriarcal que ha desvalorizado todo aquello realizado tradicionalmente por las mujeres: sus formas de actuar, de pensar, su cuerpo (utilizado y violentado por lo masculino), el tipo de relaciones que establecen, etc. Y cuando estos trabajos salen al mercado, se mantienen como una actividad de nivel inferior. Así se ha ido construyendo un imaginario colectivo que asocia las actividades de cuidados y reproducción social a la baja cualificación.

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