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martes, 14 de marzo de 2017

La libertad de expresión no tiene límites



Señor ministro (y señores periodistas progres), el derecho a decir todo, a escribir todo, a pensar  todo, a ver y escuchar todo, se deriva de una exigencia previa: no existe ni derecho ni libertad de matar, de atormentar, de maltratar, de acosar, de oprimir, de obligar, de matar de hambre ni de  explotar, escribe el filósofo situacionista belga Raoul Vaneigem en “Rien n’est sacré, tout peut se dire. Réflexions sur la liberté d’expression” (Nada es sagrado, todo se puede decir. Reflexiones sobre la libertad de expresión), publicado en La Découverte en septiembre de 2003.



En artículos, tertulias y debates más o menos periodísticos, se menciona estos días con demasiada y peligrosa frecuencia una frase: “La libertad de expresión tiene sus límites”. La repiten incansables políticos de distinto trapío, aunque justo es reconocer que mayoritariamente inclinados a la derecha, en un intento de defensa de sus indefendibles colegas que han caído en la corrupción, la malversación, la estafa o el blanqueo de capitales, obligados a comparecer ante la justicia para responder de esos supuestos delitos. Decirlo, comentarlo, publicarlo, e incluso echarles en cara –hemeroteca o videoteca en mano- sus desmanes, representa para esos “defensores” sobrepasar los límites de la libertad de expresión. Y en pos de ese mimetismo con que en estos tiempos se ejerce el noble oficio del periodismo, tan degradado últimamente, después son los propios presentadores, comentaristas, tertulianos, etc., quienes hacen suyo el axioma y expanden por los cuatro vientos la consabida frase: “La libertad de expresión tiene límites”.

Pero ocurre que no. La libertad de expresión no conoce límites desde que fuera definida por primera vez en el Artículo 19 de la Declaración Universal de los Derechos Humanos, aprobada por la Asamblea General de la ONU en París, el 10 de diciembre de 1948:

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