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viernes, 23 de junio de 2017

Democracia sin decepción



Cuando el 15 de junio de 1977 los españoles pudimos participar en las primeras elecciones democráticas que se celebraron después de 38 años de franquismo, empezamos a aprender por experiencia lo que sabíamos por cuenta ajena de la democracia y los valores que la impregnan. Habíamos seguido los debates de los partidos políticos presentando sus programas y podíamos poner en práctica el valor de la libertad a través del voto. Este se dice que es el distintivo más claro de la tradición democrática: el derecho al voto en elecciones regulares. Pero eso es todavía poco.

La democracia se ha ido cargando de contenidos a lo largo de la historia y la Constitución de 1978 consagró otras formas de libertad, herencia de las tradiciones liberales: la libertad de conciencia, expresión, reunión y el conjunto de libertades básicas, sin las que no hay auténtica democracia ni sociedad abierta y pluralista. Hasta el punto de que cuando hoy se habla de democracias iliberales, que aceptan las elecciones regulares pero no las libertades básicas, hay que reconocer sin más que no son democracias.




Esas eran nuestras señas axiológicas de identidad en esos años setenta y ochenta, que vivieron el auge de la democracia a nivel mundial, lo que Huntington llamó la “tercera ola” de la democratización. Pero las tornas han cambiado en el nuevo siglo y se ha producido esa “recesión democrática” de la que habla Diamond: se congela el número de nuevas democracias, algunas dan paso a nuevas formas de autoritarismo (Rusia, Turquía, Venezuela, etc) y disminuye la calidad democrática incluso en países que tradicionalmente lo son. También en España se habla de desafección y desencanto. ¿Qué nos ha pasado?

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