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diumenge, 29 d’abril de 2018

CATALUNYA: Luego vinieron a por el amarillo


Siempre he escuchado, con una ceja arqueada y la otra a punto de arquearse, eso de que el ser humano se adapta a cualquier cosa. La frasecita, tan extendida, tiene todo el sentido dicha desde el sofá de casa y siempre refiriéndonos a la supuesta capacidad de aguante que tienen otros que no son uno mismo. Yo actualizaría el imaginario popular en lo referente a la elasticidad de las tragaderas con algo así como: “El ser humano se adapta a cualquier cosa que le pase a los demás”. Ya saben, aquello de “Luego vinieron por los judíos, y yo no dije nada…”.  Además de adaptarnos, es decir, además de comenzar a percibir como natural lo que hace un rato era impensable, las personas tenemos el tic nervioso de acabar justificando de una manera u otra esa nueva situación que pasa por encima de otros.




España, históricamente sumergida en la etapa de adaptarse a cualquier cosa que le caiga encima a otro, está inmersa ahora en una segunda y más peligrosa fase: la de justificarlo en lugar de avergonzarse o mirar para otro lado. Tras los tuiteros detenidos –es que bromear con ciertas cosas es una forma de terrorismo–, los raperos condenados a cárcel –es que sus letras eran violentas–, los titiriteros y sus marionetas encerrados en preventiva –joder, es que había niños delante–, las instalaciones artísticas atacadas o censuradas –es que su contenido ofendía–, las narices de payaso multadas –es que generar odio contra la policía es muy peligroso– o los políticos acusados de rebelión –es que hubo violencia, mira ese coche roto, ¿acaso te gustaría que fuera tu coche?–, llega el debate sobre los silbidos o el color amarillo

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