Los tres meses de lucha civil en Nicaragua contra el régimen de Ortega-Murillo han sido respondidos con un silencio atronador de las izquierdas. La historia pasará factura.
Algún día todos seremos pasto del olvido, pero las hemerotecas –en papel, digitales, virtuales…- seguirán ahí. Despertaremos y el silencio cómplice de una gran parte de las izquierdas sobre lo que está aconteciendo en Nicaragua nos pasará factura.
Un hermano, revolucionario, resistente, poderoso, me escribe hoy: “Luchamos por la vida, pero ando buscando ataúdes para los compas que nos mataron ayer... solo en Masaya asesinaron a 11 personas. Paradojas de esta lucha”. Y yo me rompo por dentro y me dan ganas de salir a gritar a la calle… a esas calles vacías de solidaridad con la lucha solitaria de una mayoría del pueblo nicaragüense contra la dictadura familiar de Daniel Ortega y Rosario Murillo, apoyada por aquellos que se niegan a ver que del Frente Sandinista que conocimos y que apoyamos ya no queda casi nada. Al menos, no está en la parte alta de la pirámide de poder orquestada por esta pareja enferma que igual invoca a los espíritus que saca a los paramilitares a la calle.
Imagino que eso irá a más conforme se acerque el 19 de julio, cuando se conmemora la entrada triunfal a Nicaragua tras el triunfo de la revolución y la expulsión de Somoza, en 1979. ¿Qué van a hacer las izquierdas españolas, catalanas, vascas… mientras? Imagino que seguir calladas, inmutables. Es fácil organizar actos contra el pérfido gobierno de Israel o en contra de la hipocresía europea en el caso de los migrantes, pero queda “feo” manifestarse en contra de un régimen que, en teoría, está en manos de uno de los históricos partidos revolucionarios.

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