Cuanto más se profundiza la crisis de Hong Kong más parece que todo avanza hacia un túnel sin otra salida que un desenlace trágico. El endurecimiento de la acción policial no desalentó a los manifestantes. Tampoco la supuesta connivencia entre la policía y las bandas mafiosas produjeron el resultado quizás esperado por las autoridades locales y centrales. Una nota reciente en el diario oficial del Partido Comunista de China, el Renmin Ribao, apelaba casi a la desesperada a la “mayoría silenciosa” del territorio para que no permanezcan indiferentes y se movilicen para “parar a los radicales”. Hasta ahora, las concentraciones en apoyo de los gobiernos local y central se saldaron con un modesto seguimiento. Mientras, nuevos destacamentos de la policía armada fueron trasladados a la vecina Shenzhen, al otro lado del río Perla.
China ya calificó el actual movimiento de intento de “revolución de color” (una movilización que combina el recurso a la violencia y el discurso pro-occidental). Se basa para ello en la reiteración de acciones minoritarias de grupos radicales que no dudaron en asaltar el Consejo Legislativo o asediar la Oficina de Enlace con el Gobierno central y hasta comisarías de policía. La paralización pacífica del aeropuerto internacional redundará en el relato del grave impacto económico de las protestas y Beijing ya elevó el tono para introducir los “indicios de terrorismo”.
El PCCh es el artífice de un enorme milagro en China. Beijing anunciará el año próximo la plena erradicación de la pobreza en su territorio. El “socialismo con peculiaridades chinas” ya no rimará con atraso y miseria extrema. Pero queda aun otra materia pendiente: rimar socialismo con democracia. Y será la clave de la estabilidad en los próximos años.

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