Años y años de abusos y las denegaciones que pasa a estar presente en toda la gama de los grandes poderes posibles: lo sexual, lo comercial y lo corporal-laboral. ¿Será suficiente solo la palabra que denuncia? ¿Qué lugar el acto? ¿Qué sería de nuestro país sin la radicalidad de los jóvenes?
Seguíamos rindiendo con los ojos achinados de sueño, como alienígenas a sabiendas que el bienestar o la “alegría ya viene” del progreso de la autosuficiencia de aquella libertad individual no llegarían jamás. Continuábamos el paso del sonámbulo durmiente, gracias a la anestesia de la psicología positiva, la ideotización del coaching para la autoayuda (subrayo el auto) y la publicidad de la idealización de la vida en sí que rechaza a la muerte.
Aguantábamos tal vez porque este sueño neoliberal nos caló tan adentro, por tanto tiempo y se instaló con una tal cantidad de miedo en nuestros cuerpos (con sangre en la dictadura) que hacíamos del agobio y la precariedad laboral una distorsión onírica que tendría que acabar o mutar espontáneamente en algún momento. A lo mejor, paradójicamente. soportábamos el malestar con un par de clonazepan porque en lo más profundo estábamos al tanto que la devoración silenciosa de la termita neoliberal nos arrojaba a una solitaria fragilidad estructural que el firme pisar del despertar derrumbaría.

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