Muy temprano nos dimos cuenta que este día iba a ser histórico para las mujeres y disidencias, pero también para todo el pueblo de Chile y la nación mapuche que desde el pasado 18 de octubre exige que se vaya Piñera. Desde las distintas Asambleas Territoriales, las poblaciones y el esfuerzo de muchas autoconvocadas, se gestó este colosal hormiguero que se desplazó por distintas calles de Santiago, se trepó a las micros y al Metro, se desparramó por las grandes alamedas. Todas y todes íbamos hacia la Plaza de la Dignidad y cuando subimos al Metro el «ambiente» ya se anunciaba lo que después se hizo realidad. En cada estación, grupos compactos de viajeras ataviadas con el verde pañuelo pro aborto y el morado feminista, le ponían color y calor a este gran día. Al salir, en la estación Universidad Católica nos encontramos con la sorpresa que el lugar de cita se había alargado para albergar tanta concurrencia, por gran parte de la Alameda. Allí se instaló la pancarta de la cabecera, con una definición transparente: «Trabajadoras somos todas. 8 de marzo somos más. La revuelta feminista debe seguir hasta que valga la pena vivir».
Éramos tantas las que nos abrazábamos, saludábamos y sonreíamos a pesar de no conocernos, pero sabiendo que estábamos ahí para demostrar que estamos decididas a pararle los pies al machismo, al patriarcado, a los femicidios. No ignorando que lo que estábamos generando allí, se repetía en cada ciudad de Chile y en cada país y pueblos del continente y el mundo, lo que aumentaba el valor de tan enorme movilización.

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