Desmasculinizar implica dejar atrás un proceso que no solo negó la experiencia de millones de mujeres sino también de muchas alteridades silenciadas históricamente por las élites. La masculinización, en marcha desde 1492, hoy alcanza una escala global y la crisis climática nos emplaza repensarnos y a recoger la diversidad de muchos mundos de vida.
Oplas marzo, 2020.- En el marco de una nueva conmemoración del día de la mujer trabajadora, en medio de una crisis climática y civilizatoria, se intentará reflexionar sobre cómo el proceso de masculinización, iniciado hace miles de años atrás, ha sido capaz de penetrar en todos los ámbitos de la vida.
Un proceso de masculinización, que de acuerdo a lo planteado por los feminismos ecoterritoriales, pone a la revolución neolítica como el punto de inicio de un periodo marcado por el paso del nomadismo al sedentarismo, el cual tendrá las bases materiales y simbólicas para generar una división sexual del trabajo, sostenida por un binarismo de género, en donde las mujeres serán tratadas como un bien de uso y de intercambio durante las guerras por el control de las tierras.
De ahí que con el nacimiento de las grandes civilizaciones, esta masculinización solo será posible desarrollarse con la agricultura y la ganadería, lo que traerá consigo la construcción de un sistema heteropatriarcal de dominación jerárquico y autoritario, en donde la creación del estado, la familia y la propiedad privada, sentarán las bases de la desigualdad social, mental, sexual y racial, en donde ciertos grupos serán inferiorizados con el paso del tiempo, por su mayor cercanía con lo “natural” (mujeres, indígenas, negros, queer, locos, migrantes, pobres, niños).

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