“El coronavirus nos expone como una sociedad en la que los privilegios de pocos se imponen a las carencias de muchos y la desprotección social cobra vidas.”
En tiempos de superconexión mundial, donde las mercancías, la información y los seres humanos circulan con una rapidez inaudita, pareciéramos haber olvidado que con nosotros también circulan los virus, microscópicos agentes infecciosos que atacan nuestro organismo causando enfermedades e incluso la muerte. En enero llegaron las primeras noticias de un nuevo virus en Wuhan, una lejana provincia de China. En ese entonces, pocos imaginaban que en menos de dos meses el bautizado “coronavirus”, que produce la enfermedad Covid-19, se expandiría rápidamente alcanzando la nominación de “pandemia”, cobrándose miles de vidas y colocando en jaque aspectos medulares de la globalización económica construida las últimas décadas.
En Latinoamérica, los primeros casos de coronavirus fueron anunciados a inicios de marzo. En este lado del mundo, donde lidiamos todavía con enfermedades endémicas, como el dengue, la sombra de un nuevo virus generó justificada preocupación. Si en países europeos mejor equipados, como Italia o España, el coronavirus se expandía raudamente, en los nuestros, con menos condiciones materiales, podía ser letal. En Perú esto ocurría, además, en medio de una crisis política irresuelta derivada de graves escándalos de corrupción, y una sociedad viviendo mayoritariamente en la informalidad, con déficit de servicios públicos -especialmente salud, agua potable y saneamiento-. Enfrentar la pandemia en dichas condiciones era y es un desafío abierto.
Hasta ahora, lo actuado por el Gobierno se ubica dentro de lo recomendado por los organismos internacionales para impedir que la propagación del virus colapse los sistemas de salud elevando la mortalidad: aislamiento social, cuarentena, cierre de fronteras, etc.

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