«La educación es libertad». Paulo Freire
Los más veteranos recuerdan la Costa Rica en la cual los hijos de los “pudientes” compartían aula y pupitre escolar con los hijos de los trabajadores. Ese quizás fue el secreto de nuestra democracia vernácula y de nuestra “extraña” paz, en medio del macondo violento latinoamericano. Luego de las clases, de las chocolas, los trompos y cromos compartidos, como dice la canción de Serrat “vuelve el pobre a su pobreza y el rico a su riqueza”, pero esa convivencia generó un sedimento de mínimo respeto entre todos, y la posibilidad de permear ese infranqueable muro de castas, tan solidificado en otros pueblos del subcontinente.
Por las características del desarrollo, y el paso de una economía agrícola a un modelo industrial y más diversificado, y luego a un modelo orientado al mercado internacional, la sociedad paso a ser una sociedad mucho compleja y más escindida según la ubicación de cada familia en determinada actividad económica. Ahí empezó el proceso de diversificación educativa y la drástica escisión entre educación pública y educación privada. La primera, la pública, está enmarcada dentro del modelo de subsidio estatal a la oferta – el dinero es dirigido a, y es manejado por y para la burocracia y los gremios-, y dicho dinero otorgado no está vinculado a ninguna evaluación de calidad real-. Si a ello añadimos que las “escuelas públicas para pobres”, ubicadas en las barriadas de condiciones más precarias, se caracterizan por edificaciones físicas deplorables y que adolecen de un eterno ausentismo de sus maestros y profesores, tenemos una fórmula extremamente tóxica para reproducir la pobreza y la falta de oportunidades para los niños y jóvenes que se encuentran en absoluta desventaja social, generaciones nuevas que infelizmente repiten el circulo vicioso de la pobreza y la violencia.

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