Este año apuntaba maneras. Comenzaba –o terminaba– una década en la que se había puesto muchas ilusiones. Sin embargo, 2020 va camino de convertirse en el año paréntesis. Con el paso del tiempo, se recordará como esos 12 meses en los que no pasó nada, pero pasó de todo. El año en que una pandemia fue capaz de paralizarlo todo. La acción climática, también.
Este miércoles se hacía oficial una noticia que ya se intuía desde hace semanas: la 26º de la Conferencia de las Partes, también conocida como COP o cumbre del clima, se pospone hasta 2021. La nueva fecha aún se desconoce, pendiente de que los distintos actores se pongan de acuerdo.
Nada más conocerse el anuncio, lamentaciones aparte, una de las preguntas que más se ha repetido es el hecho de por qué no se celebra telemáticamente. Sin embargo, como apunta Javier Andaluz, responsable de cambio climático en Ecologistas en Acción y experto en estas negociaciones, no es tan fácil.
Organizaciones, actores relevantes y movimientos por el clima coinciden en señalar que la actual crisis sanitaria requiere de todos los esfuerzos. Aun así, esto no debe ser una excusa para frenar la ambición y compromisos en materia climática. «La respuesta a la crisis de la COVID-19 debe ser resiliente para nuestra salud y para el clima. El objetivo de los gobiernos ahora es cuidar a su ciudadanía, estabilizar y reconstruir, y deben hacerlo de una manera que generemos un mundo justo y seguro para el clima, porque la salud ambiental y nuestro propio bienestar son interdependientes», declara en una nota la directora ejecutiva de Greenpeace International, Jennifer Morgan. Para ella, «la suspensión de la COP 26 debería hacer que los gobiernos dupliquen sus esfuerzos para garantizar una ruta verde y justa en la gestión de esta crisis de salud y la emergencia climática».

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