Hace un año, el 12 de abril, estaba mirando el horizonte marítimo desde el puente del buque de rescate Alan Kurdi, a 24 millas náuticas de Malta. Con unos setenta supervivientes a bordo, éramos el único barco humanitario en toda la zona de búsqueda y rescate, ya que todos los demás estaban en puerto, detenidos bajo diferentes excusas administrativas y legales. Ningún puerto nos permitía atracar.
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Chalecos en la cubierta del Aita Mar, mayo de 2018
Un año después, el 12 de Abril, el barco Alan Kurdi es, otra vez, el único barco de rescate que queda en el mar, ya que los otros barcos de la ONG están retenidos en el puerto a causa de la emergencia motivada por el covid-19. Hoy, abril de 2020, la tripulación del barco y los rescatados están, una vez más, enfrentados a una espera con desenlace incierto: no hay ningún puerto seguro que los autorice a desembarcar.
El brote de covid-19 se ha convertido en un pretexto para normalizar la práctica de no asistencia en el mar. Durante una semana, las autoridades europeas se negaron a cumplir con la obligación legal y moral de salvar vidas humanas, utilizando la crisis sanitaria como la última de una larga lista de razones para cerrar las fronteras, y dar la espalda a los invisibles en búsqueda de protección.
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