dissabte, 11 de juliol del 2020

Argentina: Ecocidio, genocidio, politicidio


En los últimos 30 años, en el territorio argentino se talaron más de 8 millones de hectáreas de bosques, fundamentalmente en las provincias de Salta, Formosa, Chaco, Santiago del Estero, Córdoba y Santa Fe. Todo ello en beneficio de una minoría de latifundistas y corporaciones voraces que no trabajan la tierra, sino que la explotan y contaminan. Y cuyas consecuencias inmediatas y directas son las inundaciones cíclicas en pampas y ciudades y el aumento de los índices de mortalidad.

Y entre las consecuencias indirectas ­y apenas más lentas de esta tragedia ecológica, hay que apuntar las forzadas migraciones de millares de campesinos y chacareros, con el consecuente vaciamiento de comunidades, entre ellas pueblos originarios, cuyos miembros acaban hacinados en villas miserias llamadas eufemísticamente "barrios carenciados" y en las cuales imperan drogas, malditas policías, punteros políticos, hambre y desnutrición.




Las consecuencias políticas y económicas de semejante tragedia son innumerables, e incluyen no sólo el deterioro de la calidad de la tierra, sino también el desplazamiento y riesgo de extinción de las faunas autóctonas y el colapso de industrias como la melera, catástrofe económica y social para un país que hasta hace poco fue tercer productor y exportador mundial de miel de alta calidad.
De todo esto no se habla en la política vernácula, o se habla poco y confuso para así frenar las medidas que neutralizarían el desastre que ya tenemos encima: urge declarar una emergencia forestal implacable que detenga definitiva y firmemente todos los desmontes, sin excepciones provinciales y haciendo un nuevo ordenamiento territorial de bosques nativos.

Aunque nunca faltan interesados y/o irresponsables que procuran morigerar estas afirmaciones, la verdad es que se trata de una decisión política de vida o muerte para las generaciones venideras, pero no las de otros siglos; sino la de nuestros hijos. Porque la biodiversidad exige proteger consistentemente a faunas y floras autóctonas y a pueblos originarios, que son los verdaderos garantes del aire que respiramos y el agua que bebemos.

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