Noam Chomski ha dicho, en alguna parte, que los pueblos aborígenes están llamados a salvar a la humanidad. Para que esta afirmación tenga valor político real, se tendrá primero que aceptar que, más allá de la filosofía occidental, existen otras filosofías, independientes, que han nacido y florecido fuera de los cánones gnoseológicos de las matrices griega, romana, hebrea o musulmana.Existen en Asia, África, en el AbyaYala, ahora América y otras partes del planeta. No “para-filosofía”, no “etno-filosofía”, no “cosmovisión” o “seudo-filosofía”, sino filosofía, entendida como “un conjunto de saberes” que organizan la comprensión de la realidad, así como el “sentido del obrar humano”, según definición de la Real Academia de la Lengua.
El haber negado la existencia de otras raíces gnoseológicas ha sido, a través del tiempo, la forma más eficaz de quitarle la voz “al otro”, al diferente, que equivale a haberlo no sólo invisibilizado, sino negado en sus derechos culturales, políticos y económicos. La negación de la “alteridad” es, sin duda, la raíz de los fundamentalismos y se constituye en el germen nocivo de todas las formas de colonialismo que existen. Aceptar la existencia de otras filosofías comienza a ser, en la actualidad, un acto revolucionario además de justicia histórica, cuya comprensión y desarrollo será el punto de partida de la salvación a la que Chomski se refiere.
El haber negado la existencia de otras raíces gnoseológicas por parte de los colonialistas europeos fue un acto brutal de fuerza ejercido por ellos, sin excepción, para desconocer el pasado de los sometidos y borrar de su memoria todo mérito de su grandeza histórica. Durante quinientos años se ha ido elaborando, en todos los niveles, un edificio de silencio en torno a los pueblos originarios que ha sido imposible de desmontar porque, al no reconocer su episteme, no era posible demostrar su existencia

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