Cuando una mano arroja un puñado de maíz, que contiene un mensaje con la información que queremos propagar, millones de gallinas y pollos se lanzan como locos y locas a devorar el grano y, casi al instante, se crean (efímeras) «corrientes de pensamiento dominantes».
Esa mano (o mejor dicho manos) casi siempre depositan el suculento alimento en el laberinto del gallinero logrando resultados espectaculares, como «la dispersión mental» y «la falta de concentración en asuntos transcendentales» que podrían convertir al hombre y a la mujer «en algo sagrado» que nada tiene que ver con la actual escala de valores basada en la pasta, es decir, en «verdaderos y solidarios seres humanos».
La información, tal y como se fabrica hoy día (con estudiadísimas y efímeras fechas de caducidad) mueven a los pueblos a defender causas que muchas veces les importa un bledo y otras, a ignorar problemas gigantes que despojan de dignidad a gran parte de los habitantes de este planeta de destino incierto.
A veces ocurren milagros (con posible intervención divina) y surgen seres maravillosos, como la activista sueca Greta Thunberg -que se ha convertido en un icono de la lucha contra la hecatombe climática- que mueve millones de conciencias, sobre todo entre la juventud, y nos advierte de que nos estamos jugando, entre otras cosas, la supervivencia de la especie que vino a la tierra por obra y gracia del acoplamiento de un mono y una mona, (conocidos en estos tiempos, sin brújula, como Lucy y Lucio).
«Has logrado cosas que muchos que hemos trabajado en el tema durante veinte años, no hemos alcanzado» dijo recientemente a Greta el prestigioso periodista y naturalista David Attenborough, en una conversación telefónica que publicó la BBC y Prensa Latina.

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