Hace 3.500 años el pueblo judío descubrió en su exilio en Babilonia (el actual Iraq) la “ley del Talión”, y la adoptó como propia. Este principio moral y jurídico supuso un enorme avance civilizatorio ya que estableció una proporcionalidad entre el daño recibido y el golpe que se podía aplicar como castigo, siendo así el primer límite a la venganza. Por medio de la Biblia, esta norma ha llegado hasta nosotros: “Ojo por ojo, diente por diente”(1). 3.500 años después, el moderno Estado de Israel, que se declara a sí mismo sucesor del pueblo bíblico, ha abrogado esta ley y ha vuelto a los tiempos en los cuales no existía límite a la hora de expresar los más crueles deseos revanchistas.
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