En Bolivia finalmente se consumó el golpe de Estado y se estableció una dictadura cívico-militar, racista y pro-norteamericana con un gobierno trucho, es decir, simulado, o falso, como expresa su significado en el acervo popular. El presidente Evo Morales, su vicepresidente y varias autoridades tuvieron que asilarse en embajadas, junto con sus familiares, y acudir a otros países, como México en el caso de los primeros, para salvaguardar sus vidas amenazadas por las fuerzas fascistas que tomaron el poder por la vía de las armas y la represión.
Las movilizaciones pacíficas del pueblo han sido brutalmente reprimidas con un saldo de muertos, heridos, detenidos y desaparecidos ante la indiferencia y complicidad de gobiernos en el mundo, así como de organismos comparsa de Estados Unidos como la OEA, la ONU, la Unión Europea y los voceros de los gobiernos de derecha, como el de Bolsonaro, de Brasil, que no han tenido empacho en reconocer y justificar la asonada golpista y a sus representantes que se han autonombrado como las autoridades del nuevo régimen dictatorial, también justificado por Luis Almagro al calificar la irrupción golpista como un “autogolpe”. Lo mismo aplica para la señora Michelle Bachelet, la Alta Comisionada de los “Derechos Humanos” de la ONU que, en vez de condenar la represión en Ecuador, Bolivia, en su país Chile y en Haití, ha consagrado sus ataques y críticas contra el gobierno de Venezuela siguiendo el formato de la política de ataques y de agresiones del imperialismo norteamericano.
Replicando las más crueles e infames dictaduras con sus métodos de muerte y de violencia que se impusieron en América Latina por la fuerza durante las décadas de los sesenta y setenta del siglo pasado, en muy poco tiempo el gobierno de facto ha adoptado una serie de medidas neoliberales y pro-imperialistas como la destitución de los embajadores del gobierno de Evo Morales; el anuncio de la ruptura de relaciones diplomáticas con Venezuela y el retiro, mediante decreto, de Bolivia del ALBA, que es una de las principales consignas de Estados Unidos a sus operadores coloniales en los países dependientes a través de sujetos como Piñera, Bolsonaro y Macri, con el objetivo de minar la integración latinoamericana y fortalecer el dominio imperialista de Washington.
El presidente Evo Morales en el exilio ha planteado la posibilidad de un retorno para establecer un “diálogo nacional” con vistas a pacificar su país y evitar las masacres que está perpetrando el régimen genocida. Sin embargo, es muy difícil pensar que dicho régimen y sus personeros estuvieran dispuestos a sentarse en una mesa a negociar una transición democrática para restablecer el orden en el país, sobre todo considerando que quien en última instancia toma las decisiones es Estados Unidos. Y más aún cuando la presidenta de facto ha declarado que, de retornar el presidente Morales, sería inmediatamente detenido y sometido a juicio para encarcelarlo, sin descartar las denuncias probadas acerca de que ya había orden de asesinarlo si permanecía en el país después del golpe.
