Lo que hemos visto en los últimos días en los países de la región latinoamericana ha sido el principio de algo nuevo que no sabemos qué es. Nos acercamos hacia algo que debemos construir entre todas y todos: este momento histórico quedará como un hecho anecdótico si dejamos que el capital decida sobre nuestro futuro.
El virus al que nos enfrentamos tiene su fuerza y su poder no solamente por la capacidad de contagio entre personas de diferentes edades y de diversas latitudes, o porque manda a dormir a cientos y miles de personas, sino porque tiene su caldo de cultivo en sociedades marcadas por el “desarrollo desigual”. Si las cifras de los países desarrollados nos escandalizan, pensar en lo que podría hacer el virus en otros lugares nos pone los pelos de punta.











