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diumenge, 27 de gener del 2019

“Roma” o lo bonito de ser pobre


En 1934, el filósofo alemán Walter Benjamin leyó en el Instituto de Estudios del Fascismo de París, un discurso que posteriormente se editaría con el título de “El autor como productor”, no voy a ahondar demasiado en lo que el libro dice, solo me limitaré a decir que es una reflexión sobre el papel que debería tener un escritor, un cineasta, un pintor o un artista en general dentro de los roles de producción y dentro de los procesos de lucha contra la desigualdad. 




Para Benjamin, toda buena obra de arte estaba compuesta de dos elementos esenciales e inseparables: por un lado, la técnica, es decir, cómo un escritor estructura los tiempos narrativos, cómo un cineasta diseña los encuadres o cómo un pintor logra trabajar la perspectiva. Y por el otro, la buena intención política. El anterior concepto es un poco más complicado de ejemplificar. Benjamin dedicó cientos de cuartillas de su obra para tratar de explicar lo que “la buena intención política” significaba, pero tomando en cuenta el contexto en el que Walter vivió y su condición como filósofo marxista, se puede concluir que para él una obra artística con intenciones fascistas o reaccionarias no podía, de ninguna manera, ser una buena obra de arte, ni siquiera si esta había sido realizada con una técnica perfecta.

se dedican a hacer todo tipo de obras en distintos formatos con la intención de denunciar situaciones de desigualdad o de pobreza pero, debido a su falta total de compromiso y a su frivolidad, en vez de denunciar la desigualdad y la explotación, terminan por hacer de ella algo sublime. En palabras de Benjamin: “han logrado hacer incluso de la miseria un objeto de disfrute”, y esto lejos de denunciar algo, lo normaliza.

divendres, 12 d’octubre del 2018

MEMORIA HISTÓRICA La biografía de la espuma, Walter Benjamin y el refugio


Sin espacios de la memoria es más fácil olvidar. Si el recuerdo no está siendo capaz de evitar la barbarie, el olvido representa la extinción de la esperanza.

Benjamín Walter fue el nombre con el cual el médico español que certificó su fallecimiento decidió llamar al refugiado que se había suicidado, en 1940, sin papeles para cruzar la frontera. El 17 de octubre de 1941, su amiga Hannah Arendt escribe a Gershom Sholem una carta referida a las circunstancias de su muerte:




Lo demás lo sabrá usted seguramente: que tuvo que partir con personas que le eran completamente desconocidas; que eligieron el camino más largo, que implicó una caminata a pie por la montaña de aproximadamente siete horas; que por razones inconcebibles destruyeron sus documentos de residencia franceses y así se impidieron ellos mismos la vuelta a Francia; que luego llegaron a la frontera española justamente veinticuatro horas después de su cierre a personas sin pasaporte nacional —a todos tan solo nos quedaban los papeles del consulado americano—; que Benji se había derrumbado varias veces ya en la ida; que a la mañana siguiente deberían ser entregados en la frontera española, y que él, en la noche que se les había concedido, se suicidó.

El cuerpo de Walter Benjamin, enfermizo e indeseable para el régimen nazi, fue enterrado en el cementerio de Portbou, un pueblo situado en el alto Ampurdán (costa brava española), en la frontera con Francia.