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dissabte, 19 de gener del 2019

REPENSANDO NUEVAMENTE EL ESTADO ¿RECONSTRUIRLO U OLVIDARLO? Por Alberto Acosta*


El Estado representa un espacio complejo de dominación y expresión del poder político. Sus crisis son el resultado de tensiones y disputas que forman parte de las crisis orgánicas del capitalismo.

En América Latina, el modelo de Estado- nación es matizado fundacionalmente por la colonialidad del poder, excluyente y limitante para el avance cultural, productivo y social en general. Ahora bien, el Estado «mínimo» neoliberal imperante en América Latina entró en crisis. En este sentido, las múltiples crisis de este modelo de Estado permiten entender la lucha de pueblos latinoamericanos como Bolivia, Ecuador y Perú, movilizados para lograr algún día superar los profundos resabios coloniales, presentes en toda la región.




Superar los resabios coloniales implica pensar y construir sociedades que no sean sometidas por ninguna forma de dominación estatal: que aseguren igualdad y libertad y que asuma las diversidades culturales existentes, en el marco de un Estado plurinacional. A manera de ejemplo, en Bolivia y Ecuador, el Estado plurinacional se instituyó constitucionalmente, lo cual no significa que ya se viva en dicho Estado. En verdad, construir el Estado plurinacional exige rupturas profundas de las estructuras coloniales, oligárquicas y neoliberales. En el fondo, la plurinacionalidad debe rescatar la pluralidad étnica y cultural para repensar al Estado, que reconozca los derechos colectivos, de la naturaleza y la autodeterminación de los pueblos.

El Estado plurinacional es otro Estado para otra sociedad y otra propuesta de vida, el Buen Vivir como fundamento de un nuevo orden social e institucional basado en nuevos valores, centrados en lo humano, en la comunidad y en el respeto a la naturaleza.

dimecres, 29 de novembre del 2017

Apología de las fronteras


Formado en una escuela católica y habiendo estudiado Teología, puedo medir el daño que hacen el fanatismo, la represión sexual, la intimidación metafísica y el adoctrinamiento oscuro y fantasioso, pero también apreciar sutilezas de pensamiento que valdría la pena conservar. La Iglesia enseña, por ejemplo, que puede pecarse de “pensamiento, palabra, obra y omisión”.
 Cuando era niño esta escala me abrumaba. Yo no percibía ahí la voluntad de “hacer distinciones” entre distintos planos de la realidad y entre distintas maneras de intervenir en ella, sino la de perseguirme con un palo hasta el rincón más íntimo de mi alma: la de criminalizar, en definitiva, mis introspecciones, mis ensoñaciones y hasta mis delirios. Ni siquiera inmóvil y en silencio dejaba de ser un pecador. 
Ahora bien, el hecho de que la religión identifique la realidad con el pecado, así como el control histórico de la Iglesia sobre las conciencias, no debería impedirnos reconocer en esta sutileza curil el embrión mismo del Derecho moderno y democrático.



Esa distinción católica –entre pensamiento, palabra, obra y omisión– implica al menos tres cosas. La primera, es la de considerar reales y horma de la realidad el conjunto de las facultades humanas. Si la teología habla de “pecado” es para señalar que no sólo lo que hacemos: también lo que no hacemos, lo que decimos, lo que sólo pensamos importa, deja rastros, transforma el mundo; que nuestros pensamientos, palabras y omisiones son tan acciones como nuestras obras. El problema no estriba en extender la maldición del pecado al ámbito mental; también los ateos admitimos la existencia y la importancia de los “malos pensamientos”; y el valor, por tanto, de la educación. La cuestión es dónde colocamos el mal.