Lunes por la mañana. La rutina en La 72 es la misma: en pie a las seis y media y limpieza general. Luego, aseo personal hasta las ocho, y de ocho a ocho y media, hacer cola para el desayuno. Entonces, toca esperar a que abran el portón de entrada. En la espera, sentados en los bancos redondos del patio, Abraham, un salvadoreño de 40 años, explica el callejón sin salida al que las deportaciones desde los Estados Unidos están abocando a los ciudadanos de El Salvador.
Llegó a los 18 años a los EEUU, conoce más Houston que el barrio que le vio nacer. Lleva trabajando para la misma empresa de construcción desde 1998. Tiene más familia en Houston –madre, primos, tíos–, que en El Salvador. Sus dos hijas, de 16 y 14 años, nacieron allí.

