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divendres, 17 de maig del 2019

PUEBLO GITANO Antigitanismo: memoria histórica y reparación


El 16 de mayo, Día de la Resistencia Romaní, se recuerda la noche de 1944 en la que las gitanas y gitanos confinados en la sección romaní de Auschwitz-Birkenau se enfrentaron a las SS para evitar ser gaseados. Pero el holocausto gitano de la Segunda Guerra Mundial no es el primer genocidio que diezma a este pueblo. Activistas apuntan a recuperar la memoria histórica del exterminio y la persecución para avanzar hacia la reparación. 


Grupo de niños romaníes internados en Lety.

Cuando el 16 de mayo de 1944 los 6.000 gitanos encerrados en el Zigeunerlager —la sección donde retenían a los prisioneros de esta etnia— del campo de concentración de Auschwitz-Birkenau supieron que aquella noche serían gaseados, tomaron una determinación: evitarían a toda costa su exterminio. A tal fin se pertrecharon de todo lo que encontraron para preparar su levantamiento contra las SS y así, insurgiendo, lograron escapar.

Pocos meses después de aquel 16 de mayo, la noche del 2 de agosto de 1944, 4.000 gitanos murieron en las cámaras de gas del mismo Auschwitz-Birkenau por orden del comandante en jefe de las SS Heinrich Himmler. Aquella matanza se recuerda como “La noche de los gitanos”.

La persecución al pueblo gitano no es monopolio de los nazis. “El primer genocidio gitano que ocurre en la historia no es el de la segunda guerra mundial”, remarca Celia Montoya integrante de las organizaciones Rromani Pativ y Ververipén. Esta activista recuerda cómo casi dos siglos atrás, el 30 de julio de 1749, miles de gitanas y gitanos fueron capturados en la península, en un episodio que ha quedado registrado como “La gran redada” o “La prisión general de gitanos” y que supuso un salto adelante en un proceso iniciado dos siglos y medio atrás, cuando en 1499, bajo el reinado de los Reyes Católicos, se decretaron las primeras leyes contra el pueblo Roma. Así, aquel 30 de julio de 1749, relata Montoya, “decidieron que nos querían exterminar físicamente y borrarnos del mapa”.





dimarts, 16 d’abril del 2019

Catorce millones de gitanos estamos de fiesta en todo el mundo cada 8 de abril



Juan de Dios Ramírez-Heredia


Corría el mes de abril de 1971. El general Franco seguía vivo. Aún tenían que pasar casi cinco años para que abandonara este mundo y su cuerpo fuera llevado al Valle de los Caídos. Yo tenía 50 años menos de los que tengo ahora y hacía poco tiempo que había llegado a Barcelona desde mi Andalucía natal.

Era joven, muy joven, lleno de rabia y de fuerza para tratar de encontrar medios que pusieran fin al estado de marginación y abandono en que vivían la mayoría de los gitanos españoles. Y aproveché la invitación que me habían hecho desde Cáritas Diocesana de Barcelona para que me instalara en la Ciudad Condal y que desde aquí iniciara lo que en poco tiempo sería el embrión del pujante movimiento gitano que hoy tenemos en nuestro país.





Durante muchos años, especialmente en las postrimerías del franquismo, solo había dos instituciones que gozaban de una cierta libertad para decir cosas que al Régimen gobernante pudieran no gustarle. Denunciar injusticias, reivindicar el protagonismo de los trabajadores en la toma de decisiones, poner de manifiesto la extrema pobreza en la que aún vivían miles de españoles podía costarle la cárcel a quienes lideraban esa lucha.

Yo lo sabía bien porque ya me habían advertido en alguna ocasión. Por esa razón, como es fácilmente entendible, preferí ampararme bajo el paraguas de la Iglesia y así fue como algunos gitanos comprometidos empezamos a remover la losa que desde hacía tantos siglos pesaba sobre nosotros condenándonos a la marginación más dolorosa: la de la pobreza y el analfabetismo.

Esto justificó el que un día recibiera una invitación de un autodenominado Comité Internacional Gitano, residenciado en París, y dirigido por los hermanos Vanko y Léulea Rouda. Unos meses antes me visitó Donald Kenrick

Me anunció que se estaba preparando un encuentro internacional de líderes gitanos de países de todo el mundo donde por primera vez asistirían gitanos procedentes de la Unión Soviética. Confieso que este anuncio me ilusionó porque intuía que así tendría la oportunidad de conocer de primera mano como era la vida de los gitanos en el resto del mundo.