dimarts, 16 d’abril del 2019

Catorce millones de gitanos estamos de fiesta en todo el mundo cada 8 de abril



Juan de Dios Ramírez-Heredia


Corría el mes de abril de 1971. El general Franco seguía vivo. Aún tenían que pasar casi cinco años para que abandonara este mundo y su cuerpo fuera llevado al Valle de los Caídos. Yo tenía 50 años menos de los que tengo ahora y hacía poco tiempo que había llegado a Barcelona desde mi Andalucía natal.

Era joven, muy joven, lleno de rabia y de fuerza para tratar de encontrar medios que pusieran fin al estado de marginación y abandono en que vivían la mayoría de los gitanos españoles. Y aproveché la invitación que me habían hecho desde Cáritas Diocesana de Barcelona para que me instalara en la Ciudad Condal y que desde aquí iniciara lo que en poco tiempo sería el embrión del pujante movimiento gitano que hoy tenemos en nuestro país.





Durante muchos años, especialmente en las postrimerías del franquismo, solo había dos instituciones que gozaban de una cierta libertad para decir cosas que al Régimen gobernante pudieran no gustarle. Denunciar injusticias, reivindicar el protagonismo de los trabajadores en la toma de decisiones, poner de manifiesto la extrema pobreza en la que aún vivían miles de españoles podía costarle la cárcel a quienes lideraban esa lucha.

Yo lo sabía bien porque ya me habían advertido en alguna ocasión. Por esa razón, como es fácilmente entendible, preferí ampararme bajo el paraguas de la Iglesia y así fue como algunos gitanos comprometidos empezamos a remover la losa que desde hacía tantos siglos pesaba sobre nosotros condenándonos a la marginación más dolorosa: la de la pobreza y el analfabetismo.

Esto justificó el que un día recibiera una invitación de un autodenominado Comité Internacional Gitano, residenciado en París, y dirigido por los hermanos Vanko y Léulea Rouda. Unos meses antes me visitó Donald Kenrick

Me anunció que se estaba preparando un encuentro internacional de líderes gitanos de países de todo el mundo donde por primera vez asistirían gitanos procedentes de la Unión Soviética. Confieso que este anuncio me ilusionó porque intuía que así tendría la oportunidad de conocer de primera mano como era la vida de los gitanos en el resto del mundo.

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