Aún resuenan las palabras de Sarkozy, cuando en pleno desplome de la economía mundial en 2008, hablaba de “refundar el capitalismo”. Muy lejos de la refundación, se aplicaron los mismos remedios que el FMI lleva aplicando durante décadas: recortes en el gasto público, privatizaciones y precarización de las condiciones laborales para poder surfear la decreciente tendencia del crecimiento de la economía mundial desde los años 70. En este nuevo intento de tirar la pelota hacia delante, en las vísperas de una nueva crisis mundial, nos encontramos ante una encrucijada. Por una parte, la amenaza del fascismo como consecuencia de la disfuncionalidad de la sociedad de mercado, por otra, la amenaza de una crisis ecológica que se acerca a ritmos acelerados. Un callejón sin aparente salida para el conjunto de la humanidad que nos obliga con urgencia a pensar un modelo alternativo de sociedad, un modelo que ponga las necesidades de las personas en el centro y no el enriquecimiento de unos pocos.
En la búsqueda de ejes clave para la transformación social que en los próximos años debemos acometer, en esta ocasión queríamos poner de relieve algunas alternativas en el ámbito del modelo de transporte.
La movilidad constituye un pilar fundamental del derecho a la ciudad, es la principal fuente de contaminación ambiental (supone el 26% de la contaminación en 2017 en España[1]), y además es uno de los principales motores de la economía junto con la energía y la alimentación: el gasto medio por hogar en transporte es del 12,56%[2].
Es por ello por lo que tratar de dar una respuesta integral al modelo de transporte es fundamental como parte de la salida al laberinto.




