Una casa ruinosa no se rehabilita con chapuzas. Un país en almoneda tampoco. Si miramos detrás de las contabilidades (dobles) partidistas, las tarjetas negras, las maletas andorranas o los fondos de formación, que suponen la perdida de honorabilidad de la élite gobernante y la indignación popular, nos encontramos con unas grietas aún más profundas. Vivimos un estado de emergencia social y putrefacción política.

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