Es fácil dar con Saani Bubakar. Cada día, y siempre enfundado en el característico buzo naranja de los empleados de limpieza, empuja su carro por las angostas callejas de la ciudad vieja de la capital de Libia. Así han transcurrido los últimos tres años de su vida. “Soy de una aldea muy pobre de Níger donde ni siquiera hay agua corriente”, relata a IPS el joven de 23 años durante una pausa de su labor. “Nuestros vecinos nos contaron que uno de sus hijos estaba trabajando en Trípoli, así que me animé a venir yo también”, detalla.
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